un diario posible

sábado, 12 de septiembre de 2009


¿Cómo se dice un avión que pasa dorado sobre el último celeste? ¿Cómo se dice el sol entre los huecos de un edificio en construcción, que imprime el dibujo de las persianas sobre la pared, que pinta mi mano ahora, mi silueta en un minuto que es cada vez distinto? La luz, que a la tarde, al mediodía, parece tan quieta. Ahora en la mañana y en el atardecer cambia todo el tiempo: azul, rosada, blanca, celeste que sube; celeste intenso, naranja, blanca, rosada, azul...
Y en el medio los edificios, los aviones, la luna, el lucero; que brillan suspendidos en esa luz efímera. Y yo, que siempre uso los mismos colores, los mismos adjetivos.
Cuando volvía del campo, al atardecer, a los diez años, quería poder pintar las nubes, los colores del cielo. A los dieciocho pinté en una pared:
Quiero decir el cielo
no la palabra de decir
el cielo.
Y ahora pienso: no puede ser una sola palabra, porque el cielo siempre es distinto. No nos bañamos dos veces en el mismo cielo.

3 comentarios:

Mar on 12 de septiembre de 2009, 12:51 dijo...

Qué interesante Eva, yo justo ayer estaba tratando de escribir el agua, y me costaba tanto. Ahora me encuentro con vos tratando de escribir el cielo y pienso que las dificultades son parecidas, aunque apunten a lugares opuestos.

Eva on 13 de septiembre de 2009, 16:03 dijo...

¿Por qué lugares opuestos? Es en las dos la misma dificultad, surgida de querer atrapar algo tan grande y tan móvil, y tan impalpable. Lo bueno es que con esa meta nos vamos a pasar la vida escribiendo ;)

Mar on 17 de septiembre de 2009, 12:07 dijo...

Jaja, opuestos por algo tan simple como tener que mirar para arriba o para abajo, es una gran diferencia!
Lo que me gusta del agua es que puedo entrar, lo que me gusta del cielo es que no puedo.